martes, 26 de julio de 2016

En el museo (Louvre)

En el museo, una mujer divina yace junto a un ciervo muerto de cara serena. Una joven estudiante de Bellas Artes la dibuja en su cuaderno amarillo. Tiene el pelo rubio oxigenado y corto.

En el museo, una cabeza de Gorgona saca la lengua en un gesto patético. Sus serpientes están muertas; sus ojos, en blanco. Otra mujer de mármol retira su mirada de la escena y se cubre la cara con la mano.

En el museo, las mujeres antiguas se agarran los pechos y miran al frente. Algunas llevan corona; otras, el pelo suelto; unas, de pie; otras, sentadas; otras, sujetan a bebés enormes que beben de su leche; a otras son los hombres los que les tocan las tetas.

En el museo, bailan las mujeres de piedra y las de óleo.
Algunas forman círculos con las manos entrelazadas; otras tocan la pandereta y danzan para nuestros ojos espías o para sí mismas.
También tocan instrumentos para ellas antes de mover su cuerpo para el sultán.

Las mujeres del museo acompañan a los muertos en grupos silenciosos.

Otras veces les lloran a solas mesándose los cabellos o montan sobre ocas para guiarles en su viaje. Los muertos yacen en los brazos de las mujeres del museo como yacen los vivos entre sus pechos.
A veces, las mujeres muertas yacen sobre los hombres.

Las mujeres del museo miran de frente a la muerte cuando les arrebata a sus hijos.
También la miran para provocarla porque en el museo, las mujeres anuncian el final con ojos cargados de locura y dirigen las revoluciones como una alegoría de la libertad.

Las mujeres del museo separan a los hombres en mitad de la batalla o los guían, aladas, hacia la victoria.

Las mujeres del museo son detenidas y raptadas.

En el museo, algunas mujeres se deslizan hacia los hombres como pájaros desenjaulados o como niñas que visitan a lobos enfermos.

En el museo, algunas mujeres apuñalan a hombres, escriben libros y también los leen. Posan un dedo entre sus páginas para abandonar la lectura y atender a sus hijos o mirar a quien las retrata.

En el museo hay una mujer de piel oscura que se cubre con un lienzo blanco como una luna menguante a punto de ser luna nueva.

Sin embargo, en el museo, todo el mundo se agolpa frente a la Mona Lisa.

En el museo, los hombres pintan y esculpen hombres que cazan ciervos y jabalíes. A veces siguen siendo hombres y otras son dioses pero siempre vencedores.


En el museo, hay hombres de terracota, de marfil o de piedra que escriben concentrados ante dioses mono.

Hay otros que sonríen abrazando a sus esposas sonrientes con una calma cotidiana y amable y que sirven de adorno para la tapa de un féretro.

En el museo, hay hombres esculpidos en rocas pulidas y brillantes que claman piedad y que visten harapos.


En el museo, hay cuatro hombres de piedra que agachan la cabeza con gesto humilde para mirarse el pene.

En el museo, los hombres niños agarran con ansia el pecho de las mujeres hasta que sacian su hambre.
En el museo, los hombres adultos agarran el pecho de las mujeres hasta que pierden la cabeza.

A veces los hombres son la sombra, los pesadores de almas, los que señalan a algún lugar indeterminado con el índice, los de rostro ambiguo.

En el museo, hay viejos que lloran y enjugan sus lágrimas o salvan a sus hijos de un futuro incierto con sus propias ropas.

En el museo, hay ojos de hombres que conjuran en la sombra y hombres portando las armas de la revolución inspirados por mujeres libres.

Hay hombres que raptan mujeres, hombres que se postran ante ellas, hombres que las seducen, hombres lobo.

En el museo hay hombres muertos y hombres león que matan a los hijos de otros hombres.

Hombres de dientes podridos que te invitan a algo indefinido y alcohólico.

Sin embargo, en el museo, todo el mundo se agolpa frente a la Mona Lisa.














































miércoles, 29 de junio de 2016

Hasta pronto, Sagasta









Hoy he ido a decirle hasta pronto al Sagasta con mi padre, antiguo alumno de una época en la que había que formar ante el jefe de estudios en el patio, el profesor de gimnasia daba la clase con un puro en la boca y el edificio se desdoblaba en una parte femenina y otra masculina. El Sagasta no era un instituto: era el Instituto. Hoy nos contaba otra antigua alumna, compañera de mi padre, que de la misma forma que la gente se santigua al salir de casa o al entrar en una iglesia, ella lo hacía cada vez que pasaba por la Glorieta del Doctor Zubía porque sentía un respeto casi místico por todo lo que había significado el Instituto en su vida. 
Inaugurado por Espartero hace más de cien años, germen de la actual Universidad de La Rioja, residencia real, plató de cine, Trinity College de provincias, el Sagasta ha sido el lugar de formación de numerosas generaciones de riojanos y hoy ha cerrado por reformas. Esperemos que duren poco y lo dejen guapo. #HastaProntoSagasta

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