jueves, 3 de mayo de 2007

90 céntimos

La semana pasada leí en los periódicos que un niño de once años había sido obligado a bajarse de un autobús urbano en Almería por no tener dinero para el viaje de vuelta.
El chaval se quedó dormido en su asiento y cuando se despertó estaba en el último de los apeaderos de la línea 20.
Preguntó al conductor si podía llevarle de nuevo a su parada cuando el autobús hiciera el recorrido inverso, pero éste consultó con sus jefes hasta en dos ocasiones qué hacer con el chico.
Al final decidieron dejarle allí, en una barriada rural en mitad de los invernaderos, por no llevar los 90 céntimos que costaba el billete de vuelta.
Lo más probable es que esta empresa de autobuses de Almería gastara el doble de lo que costaba el billete en las dos llamaditas de teléfono, pero lo realmente terrible no es eso, lo terrible es la actitud del conductor. Es lamentable ver lo frecuentemente que nos acomodamos en el papel de subordinados, de mandaos, de yo sólo cumplo las normas, de la ley es la ley y frases parecidas que nos eximen de la responsabilidad de ser valientes, de tomar decisiones y del derecho a equivocarnos.
Si seguimos permitiendo que “los otros” (entendiendo además a esos “otros” como auténticos espectros tenebrosos de Amenábar) tomen por nosotros las decisiones más básicas, más nimias, más de sentido común. Si seguimos otorgándoles ese poder por nuestra desidia, por nuestra pereza o por nuestra incapacidad de agarrar las riendas de nuestra propia vida, estaremos demostrando a cualquiera que somos marionetas indecisas con la edad mental de un cordero de leche.
Hoy hemos dejado a un niño en la cuneta, mañana, parafraseando a Bertold Bretch, me llevarán también a mí, pero ya no habrá remedio:

Primero se llevaron a los comunistas
pero a mí no me importó
porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros
pero a mí no me importó
porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas
pero a mí no me importó
porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas
pero como yo no soy religioso
tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí
pero ya es tarde.

8 comentarios:

lunallena dijo...

¡Pero qué bien escribes, cabrona, qué envidia me das...!. Besos,

Toño

Anónimo dijo...

Las empresas no entienden de niños, yo siempre digo que si se utilizara un poquito la inteligencia emocional, el mundo funcionaria un poquito mejor.

Estoy con Toño qué bien escribes.

David Grau

Justo dijo...

Tres anotaciones al respecto:
1. LAMENTABLE...
2. Qué bien escribes cabrona (Toño)
3. Un poquito de inteligencia emocional (David)

Besos con sal y abrazos

Justo

stendahl dijo...

Por desgracia, creo que se trata más bien de esconder la verdadera mezquindad y mala baba que muchas personas llevan por dentro, detrás de unas supuestas normas que sólo son la excusa para ir jodiendo al prójimo ( con el gustito que eso da ).
Por cierto, me sumo al club de los que piensan que Sonia escribe mejor que bien.

Anónimo dijo...

Bonito artículo, Sonia. ¿Irás a ver a Pignoise?

Diego Marín A.

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

El poema de Bertold Brech sigue circulando pero la merza todavía no se dio cuenta de que es así como él anticipa.

'Oscar Garrido Garc'ia dijo...

Sonia, eres la mejor

Vanlat dijo...

sólo me asomé a la puerta en un día bastante gris... encontré algo por lo q volver a ponerme en pie...

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