lunes, 21 de mayo de 2007

ES HORA DE DORMIR

Lamentablemente tengo que reconocer que estoy muerto.
Llevo ya un rato intentando moverme en esta especie de cajón de pino barato donde la hiena de mi mujer ha hecho que me metan sin que yo haya podido hacer nada por evitarlo.
No soy capaz de levantar la mano para mirar la hora, los brazos me pesan y no siento las piernas.
Lo que no entiendo muy bien es qué hago pensando. Quizás la muerte sea de esta forma, de todas maneras no conozco a nadie que haya regresado de ella para escribir un manual de instrucciones.
Así que aquí estoy, en el salón de mi casa, metido en este estrecho ataúd de saldo con el traje azul marino que siempre he odiado y con todos los miembros de mi cuerpo en huelga salvo mi cerebro.
No me queda más remedio que resignarme a mi suerte y aunque no esté de acuerdo con haberme muerto a los 48 años me temo que no podré demandar a nadie por tan injusto trance.
Y esto se supone que será El Cielo ¿Dónde están los querubines tocando flautas para darme la bienvenida? ¿Y dónde está San Pedro? ¿Y Dios? Tienen que estar por alguna parte. Yo siempre fui una buena persona, incluso un pelele y un poco calzonazos. Hasta he comulgado en la iglesia. Bueno, desde mi Primera Comunión, salvo en bodas y funerales, no mucho, la verdad. Pero digo yo que tendré algún privilegio. Según el cura de mi parroquia así debía de ser aunque a estas alturas ya no me creo nada.
Para mí que esto es El Infierno porque aunque idiota, no siempre he sido un santo. No lo digo porque me note ardiendo, más bien me noto un pelín frío. Tampoco es que haya tenido el gusto de conocer don Pedro Botero tridente en mano preparando el caldero de hierro donde me escaldaré como un cerdo. Pero me parece suficiente ver a la hipócrita de mi mujer haciéndose la víctima delante de sus amistades.
¡Pero si esta arpía se ha pasado media vida soñando con este momento! Y mírenla con el cretino de mi amigo Alfredo pasándole la mano por el hombro para consolarla. ¡Si todo el mundo sabe que me la estaban pegando! Pero si hasta habrán tenido que llamar a un carpintero para que me sierre los cuernos, porque dudo mucho que cupieran en un ataúd tan estrecho.
Y, ¿de qué me habré muerto? No consigo acordarme de nada aunque tengo toda la eternidad para hacer memoria, todo sea dicho de paso.
Por aquí viene mi hijo. Eh, campeón, no me llores, ¿no ves la cara de lelos que se les está poniendo a todos viendo la escenita? Conmovedora, ¿no?
Cómo odio estos actos sociales y más si soy yo el protagonista. Me recuerda al día de mi boda. Menos mal que, por lo menos, no estoy obligado a decir nada. Aquella vez, con dos palabras fue suficiente para meter la pata de por vida. Hoy me quedo callado estirando la pata de por muerte. En fin, no sé cómo puedo tener humor para jueguecitos de palabras.
Anda…¿Qué hace mi hijo? Se está abrazando a mí. Quita de ahí y no seas baboso. Vamos, que ya sé que en el fondo me querías algo, pero tampoco te pases.
Pero bueno, ¡si el muy canalla me está quitando el reloj! ¡Oye, desgraciado! ¡Me cago en tu padre! ¡Habráse visto!...
Y se lo ha llevado, en mis mismísimos morros y de mi ataúd, ¡lo que hay que aguantar! Si estuviera vivo le daba una patada en el culo que ni Pelé en sus mejores tiempos.
De todas formas no debe tener tanta importancia morirse sin reloj. Pensándolo bien ya no tengo que llegar a tiempo a ninguna parte, así que espero que le aproveche cuando lo venda para comprarse porquerías, drogas, o videojuegos japoneses.
Ha salido a su madre, de eso sí que estoy seguro. Esa bruja se gastará todos mis ahorros y después los del tonto de Alfredito.
Este señor que acaba de llegar creo que es el sepulturero. Ya era hora, creía que me iba a pasar el resto de mis días tirado en el salón de mi casa. Menos mal que ya me va a poner la tapa. Sí, ya siento el sonido del martillo clavando las esquinas.
Se está muy bien aquí dentro. Esta oscuridad es muy relajante. Siento el ronroneo del coche que me está llevando y me estoy adormilando.
Creo que ya va siendo hora de echar un sueñecito que dure todo lo que yo quiera. Que no se acabe nunca, que nadie me moleste. Un sueño reparador que tonifique mis músculos y mi esqueleto, que vivifique mi espíritu por toda la eternidad, donde no haya pesadillas, ni plañideras, ni hipócritas, ni pesados, ni jefes, ni tiranos. Seré el muerto más dormilón del cementerio.
¡Eh, cuidado! Qué poca delicadeza, ¿es que no saben cómo tratar un cadáver aún fresquito? Me están bajando a la fosa a trompicones, parece el ascensor de un anticuario. Ahora siento el raspar de las paladas a mi alrededor y el sonido de la tierra resbalando por mi ataúd.
También oigo algunos murmullos a lo lejos que se van apagando poco a poco.
Los pasos se alejan y suenan secos y crujientes.
Ya no hay nadie sobre mí, sólo oigo el viento.
Creo que ya va siendo hora de dormir.

1 comentario:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Recuerdo un cómic en un fanzine de mi juventud (por lo tanto, tú no pudiste leerlo), en el que la única forma en que los muertos dejaran de pensar es que alguien les pulsara, como un interruptor, el ombligo. Casi nunca sucedía, y todos los moradores del cementerio clamaban por este favor. Este muerto tuyo, me parece, no va a poder dormir tan bien como él piensa.
Un cariñoso saludo, Sonia. Buen cuento.

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