La sala se llena, se bajan las luces, bebemos un trago y salen al escenario!!
Aplausos, silbidos, Pepito Grillo diciéndome, no grites aún, que ya estás medio afónica y cuando te toque salir a cantar vas a ser Sabina en tía; y mi amigo Satán tentando mi desenfreno susurrándome al oído izquierdo: grita!!!
Y qué queréis que os diga, pues que le hice caso a Satán, que yo veo todos los domingos al Friker Jiménez y me mola, y grité, sí señor. Vaya si grité, y aplaudí, y canté, y gocé, y me emocioné.
Estaban ahí, y yo en primera fila, sentada en una mesita ridícula, con ganas de saltar con los brazos en alto y cantarlas todas…desde abajo.
Siempre he pensado que escuchar música es como masturbarse y que ir a un concierto es lo mismo que hacer el amor con el artista. Es algo interactivo: las miradas pueden cruzarse, las voces se entrelazan, los dos sudan… El músico amando a su público y el público adorándole a él…Cuántos follan con menos pasión! En fin, paranoias mías que alguna vez he comentado y que han provocado miradas de extrañeza. Como os podéis imaginar me da igual, lo sigo creyendo, si no no lo hubiera escrito aquí.
Pero, a lo que íbamos, alguien sabría decirme qué se supone que se siente cuando uno no sólo está en el concierto sino que sube al escenario a hacer el concierto?
Qué se siente cuando el músico al que admira, respeta y quiere pregunta desde el escenario ¿Ha venido Sonia? Eh? Eh? Eh? Qué se siente? Decídmelo, a ver…Porque ha pasado una semana y aún estoy que si me pinchan no me sale sangre.
Y luego empieza la marcha: me encantó Carbonell, ese De purísima y oro. Olé, olé y olé! Hermosísimo, sí señor. Y el niño Manuel, brutal: Un Harry Potter con camisita de cuadros que a estas horas estará aún cantando Abelardo y Eloísa, y Lalitaa, que ya tiene unas tablas la tía que no veas, y Ana, con ese vozarrón, tremenda y mi hermana e Isabel, que están loquísimas: a ver, zumbadas, cuántas veces hemos cantado Pongamos que hablo de Madrid con la guitarra? Un millón? Dos? Sois la muerte, me reí un montón con vosotras, os quiero mucho, nenas.
Y yo, a lo que iba, sin sangre en las venas (aunque con colesterol, cagüen%&*#!) porque Panchito preguntó por mí en mitad de la sala. Pero quedaba lo más gore: cantar Quién me ha robado el mes de abril.
A medida que iba subiendo la gente, me iban entrando unos calores de impresión. Hubo un momento en que tuve que preguntarle a Isabel cómo empezaba la canción:
En la posada del fracaso…Ay, joder, es verdad, como se me olvide me muero!
Y llegó el momento: miradita de Pancho, gesto con la cabeza y la Soni p’arriba dándose ánimos a sí misma: saca el micro del palitroque ése en el que está metido que no llegas ni de casualidad, no te tiembles, no te moles y no te mueras. Si haces eso, vamos guay. Be water, be water…
Y el Pancho entre tanto, que si soy un encanto, que si soy no sé qué…Ay, ay, ay…Pancho, pero no ves que me estoy muriendo, no me mates más!
Empiezan los primeros acordes de la canción. Ya he comentado alguna vez que me recuerdan, por alguna razón, al comienzo de How I wish you were here de Pink Floyd. Había imaginado la escena desde que en febrero Pancho me dijo: no se hable más, tú cantas conmigo Quién me ha robado el mes de abril. Pero todo era infinitamente superior. Vamos, estaba flotando. Si me ve el Friker, fijo que me graba levitando o algo parecido. Miradita a Pancho de: venga, que sea lo que Dios quiera, y comenzamos.

Se me pasó volando. Quería más. Tantos nervios durante dos meses para que se me pase así. Hubiera cantado todos los discos desde Inventario.
No me quería bajar nunca, pero ya se sabe que todos los finales son el mismo repetido. Fue exactamente esa sensación. La de que te arrebatan algo o a alguien en el mejor de los momentos posibles. Abrazo enorme y lleno de cariño a Pancho, besos al gran Antonio y muchas ganas de llorar de alegría al bajar a La Tierra.Sigue el karaoke, la gente entregada, nadie quería irse, pero es lo que tiene el rock and roll, verdad Héctor? Que no me olvido de ti, que siempre me acompañas a todas mis locuras.
Eso, que sigue el karaoke, la gente entregada, nadie quería irse, pero llegó el final y tocaba cantar Noches de boda e Y nos dieron las diez. Sube un grupo de gente y Pancho vuelve a llamarme. Ni me lo pensé.
Fue precioso. Sin más. Me veo en las fotos y me parto de risa. Totalmente entregada a la causa karaokera.
Acaba la música, se encienden las luces, empujones, todos quieren foto. Todos queremos una foto que diga que estuvimos allí.
La tengo con Antonio,
la tengo con Pancho.
Desde que empezamos esa relación internetera tan especial tenía muchas ganas de tenerla. Pero lo que sí tengo en realidad es la sensación de que los focos del escenario se han convertido en las lámparas de mi oficina, el público lleva mono azul y pide albaranes y canto la misma canción cada día cuando suena el teléfono.
Que me quiten lo bailao o, más bien, lo cantao, podéis pensar, pero qué mal se encuentra una cuando vuelve a la realidad y ve que es tan sólo una cenicienta obrera que un día se coló en el baile de un guitarrista insurgente.
Tendrá que ser así, siempre nos quedará la masturbación del mp3, o del ipod, o de la cadena de música pero, seamos sinceros, no hay como un buen concierto para hacer el amor con el artista o como un buen karaoke sabinero para llegar al clímax como Dios manda...
...O Satán.


