A Joaquín Sabina
Manolete brindó al cielo
la corrida aquel agosto.
Espera templado al miura
entre una nube de polvo.
Después teñía la plaza
de rosa palo, de oro
bañado de un rojo muerte
que le cerraba los ojos.
José Tomás te brindaba
la tarde para ti solo.
Poeta que se derrama
en todos sus versos roncos.
Querían rodarte lágrimas
y te tapabas el rostro.
Linares volvió a mancharse
de azul purísima y oro
envuelta de rojo sangre
y de azabache de toro.
Enmudecían las bocas
con un silencio de plomo.
En la sierra de Baeza
se heló la tierra en agosto.
El aire lleva presagios
de otros tiempos remotos.
Graznaban los cuervos muertos
y relinchaban los potros.
El espíritu de Islero
iba secando los pozos.
El murmullo de la plaza
tenía ruegos y lloros
y gargantas encogidas
rezaban a San Antonio.
Feliz Fortuna que lidia
un combate doloroso
con una Muerte altanera
que huye entre los escombros.
Una corbata en el muslo
cierra el torrente aceitoso.
El toro cae en el ruedo
y en la grada se alza un coro.
Digno enemigo atezado
con un bidente de oro.
Torero galapagueño
poeta de tronco hondo.
En la plaza de Linares
escribió versos gloriosos
a las cinco de la tarde.
Manolete lo vio todo.








