lunes, 26 de noviembre de 2007

VIEJAS GLORIAS

Nací
cuando la virgen de Fátima
se apareció a los pastorcitos.
Cuando en Rusia empezó el comunismo.
Cuando en Europa se acabó la guerra.
Nací poeta en esta vida perra.

Gloria Fuertes (Madrid, 28 de julio de 1917 - ídem, 27 de noviembre de 1998)


En 1917 un grupo de soldados alemanes sumergen un submarino en el mar del Norte provocando una sucesión de olas de cuatro metros que acabarán por hundir una pequeña embarcación de pescadores que se encontraba cerca de la costa.
Los tripulantes se salvan milagrosamente de la muerte pero vuelven a casa con signos evidentes de hipotermia.
Algunos sólo tienen el virus de la gripe. El pescador Bert Verstraeten lanza un estornudo que viaja primero por la alcoba en la que está acostado en una vieja casa herencia de su padre cercana a la Mark Plazt de Brujas y luego, por la plomiza atmósfera neerlandesa a una velocidad de 160 kilómetros por hora. Las bacterias molestas, pero prácticamente inofensivas para el señor Verstraeten, llegaron en cinco días y tres horas hasta la cama parisina del pintor Edgar Degas ocasionándole un estornudo y, dos meses más tarde, la muerte.
Justo encima de su tumba, en el cementerio de Montmartre de París, un gorrión picotea las semillas de las flores secas de unos ramos de margaritas. Levanta el vuelo a las doce en punto, asustado por las campanadas de algún reloj cercano que anunciaba el mediodía y se posa, exhausto, en el bordillo de una ventana abarrotada de la prisión de Saint-Lazare donde se entristecía sola una marchita Mata Hari.
Cuando vuelve a marcharse, el gorrión pierde una de sus plumas cerca de uno de los barrotes oxidados y los pensamientos de la bailarina viajan hasta Madrid, donde vistió por última vez su elegantísimo foulard de plumas de marabú mientras espiaba, para una Francia que la acusaba de traidora, al embajador de los alemanes. Cerraba los ojos y veía con todo lujo de detalles las suntuosidades del Hotel Palace, ajeno al mundo convulso donde agarraba sus cimientos. Cuando los abría, contemplaba la mugre que la rodeaba en la prisión, impropia de una cortesana de su altura, y recordaba a los sucios obreros madrileños, a punto de alzarse en huelga general, que la observaban lascivos y admirados, como quien observa un sueño sólo alcanzable para señoritos en el barrio de Lavapiés de la capital de España.
Allí mismo, en Lavapiés, en una humilde buhardilla de la calle de la Espada, el 28 de julio, una matrona robusta empapada en sudor con trazas de elefanta vieja, propinaba un azote más brusco de lo común en las nalgas de una recién nacida, para adiestrarla desde el principio en las crueldades de la vida. El azote, lejos de producir el efecto deseado, desencadenó una serie de prodigios contra natura aún inexplicables según los parámetros del empirismo científico y la pequeña lanzó una sonrisa desdentada y limpia con un ligero gorjeo.
La niña Gloria acababa de convertirse en poeta.
Eliminando los residuos de las alegrías tóxicas a base de zumo de piña y de agua del grifo.
Son curiosos los sábados que se prolongan hasta coincidir con las bicicletas, con las barras de pan y con los perros de paseo.
Son breves los domingos que empiezan con comida a las cinco de la tarde y con un “me quiero morir” cuando los pies aterrizan en el frío suelo del dormitorio.
Y son duros los lunes de nubes grises sobre los tejados de las fábricas en el Polígono.
No funciona la máquina y necesito un café bien cargado.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Después de ver anoche Muchachada Nui (nuuuiii), Héctor y yo hemos decidido por unanimidad que, a partir de este momento, saludaremos a todos nuestros amigos de la siguiente manera:

Confiamos en que el saludo "ojete!" se extienda como un insano y friki reguero de pólvora por toda la geografía patria.
Buen finde a todos.
Ojeteeeeeeerrrrrr!!!!!!!!!!

martes, 20 de noviembre de 2007

Nevaba esta noche hace ocho años.
Recuerdo estar viendo al Orfeón Calasancio en Escolapios y buscar tu foto entre las orlas más altas.
Y veo a Luisa dándome manotazos para que no comiera pinchos de cebolla con atún porque ella sabía que te encontraría.
Yo no estaba tan segura.
Me pasé un buen rato cantando a voces por Caballero de la Rosa Al Alba de Aute, mientras intentaba encontrarte tras haber malinterpretado tus apellidos y tu calle.
Nevaba copiosamente.
En el Polo de Luisa sonaron las canciones que debían sonar para que todo fuera perfecto.
No hubo martillos ni cinceles que fueran en tu busca, ni hubo frío.
Aunque nevaba.
Te busqué en tus bares espantando moscones que en otro tiempo no se hubieran arrimado, pero la alegría se palpa de lejos, atrae como un imán de carne y pecho y embellece la mirada con su brillo de azúcar.
Dejé de buscarte.
Y te encontré.
Me esperabas en mi bar como una hoja temblorosa e insolente.
Cogiste mi libertad de la mano y la sacaste en brazos bajo el frío.
Mientras calentábamos la nieve, otros se dedicaban a recordar a dictadores muertos.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Ana me ha recordado esta noche la película El gran dictador, de Chaplin.
Os dejo aquí con un maravilloso discurso del actor que aún tiene vigencia.
Juzgad por vosotros mismos.
Que lo disfrutéis.
Esta mañana, en mitad del atasco, escuchaba cómo preguntaban en la radio cuál era la mejor forma de castigar a un niño sin parecer que nos estamos vengando de él, de tal manera que, cuando éste creciera, recordara la moraleja extraída con una sonrisa. Sin traumas.
Me pregunto cuántos de nosotros han recibido sólo educación y cero traumas. ¿Cuántos? Sin engaños. Sinceramente.
Es facilísimo decir lo felices que fuimos de niños tan sólo viendo las fotos de los cumpleaños con los amiguitos, las sonrisas desdentadas y los calcetines caídos.
Es cómodo idealizar épocas y personas porque nos hace más fácil seguir hacia adelante.
Pero hay dolores que se enquistan en el olvido y que crecen en el cuerpo. Cicatrices que debemos señalar con el dedo índice, o ponerles un letrero luminoso donde diga: mira, aquí te dolió. Crece. Cuidado, aquí no te supieron querer: Ámate. Observa, aquí no te dejaron andar: Avanza.
Una vez leí: No menosprecies el llanto de un niño. Todos los dolores son iguales.
Algunos caminamos con el disfraz de adultos con nuestro niño eterno escondido en el pecho llorando a moco tendido.
Quizás el camino para llegar a ser un adulto pleno, equilibrado y sin traumas sea que cada cual sea valiente, se mire dentro, coja a su niño en brazos y lo proteja.

martes, 13 de noviembre de 2007

La técnica Ludovico

Me arde un dolor de cobardía en la parte derecha del vientre.
Tan cobarde que no se atreve a convertirse ni en el silencio de mis teclas.
Él sabe que yo sé cuál es su nombre pero también sabe que no me atreveré a pronunciarlo.
Al menos de momento.
El dolor es listo y se agarra con uñas sucias a las paredes de mi hígado.
Sabe que si intento arrancarlo también me arrancaré las vísceras.
Es un riesgo que debo asumir porque se enquista y engorda y lo voy notando noche tras noche.
Y aprieto los dientes cuando se clava como un anzuelo al invadirme el odio pero me lo callo.
Y siento cómo se infla cuando tengo rabia pero sólo sonrío.
Como si ese dolor redondo y viscoso tuviera el terrible poder de reprimir mi lado oscuro.
Pronto diré tu nombre en voz alta y empezarás a sentir quién manda entre mis tripas.


lunes, 12 de noviembre de 2007

jueves, 8 de noviembre de 2007

En el país de los ciegos...



Os dejo aquí una conversación que copié en mi cuaderno este verano, durante mi viaje a Egipto.
La mantuvieron tres españolitos de unos treinta años en el autobús que nos trasladaba desde el templo de Karnak al de Luxor mientras contemplaban el Nilo.
Juzguen ustedes mismos:
Lumbreras namber guan: Oye tío, en este río fue donde apareció Romuloiremo en una cesta, no?
Lumbreras namber chu: Ah, pues sí...
Lumbreras namber zri: No joder, mira que sois burros, si fue Moisés.
Lumbreras namber guan y namber chu al unísono: Aaaah! Es verdad!
(Silencio)
Lumbreras namber chu: Pero ese Moisés era el de Arca y los animales, no?
Lumbreras namber zri: Claro, hizo el Arca por la crecida del Nilo.
Lumbreras namber guan y namber chu al unísono: Es verdad, es verdad...

martes, 6 de noviembre de 2007

El mar en invierno me serena un corazón siempre en campaña.
Con Asturias al cuadrado, con Llanes al cubo y contigo, yo, sumada, dividida, quebrada, multiplicada, restada por el tiempo que no nos queda, por las carreteras que no recorreremos y por los páramos que no tendremos enfrente.
Dejándome atrapar por el cansancio del que intentamos huir. Al fin y al cabo soy débil y siempre caigo en la tentación de ser cada día un poco menos dichosa aunque un poco más serena.

Me gusta el mar en invierno porque es fiero y hermoso, porque ahuyenta las toallas y las hamacas y porque trae a los niños, a las parejas solitarias y a los viejos con sus bastones a los bancos soleados llenos de arena fina.
Me gusta que me despeine su viento gris oscuro y quedar a su merced porque, quien manda en el mar son las mareas y no nuestros corazones de guerrilla.
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