sábado, 12 de enero de 2008

Antiguas deudas

Los traslados pueden resultar terriblemente fastidiosos: bolsas de plástico, maletas, mochilas a medio llenar y cajas de cartón a punto de romperse por debajo. Pero uno no es consciente de los tesoros que sin saberlo esconde en su casa y que el polvo de los años va ocultando entre objetos de uso cotidiano. Eso mismo me ocurrió a mí con aquellos viejos libros de terror.
Un buen día en que andaba de traslado desempolvé sin quererlo un antiguo libro que había permanecido escondido del tiempo y de mis manos nada menos que quince años. Era una edición horrible, no sólo por los esqueletos pútridos y macabros que ilustraban la portada sino porque estaba lleno de erratas y tenía una redacción tan espantosa como los sucesos que se narraban en él. Sin embargo, me sorprendí mirando sus tapas y oliendo sus hojas amarillentas como un sumiller que cata un vino añejo con su nariz experta, lejos de olfatos profanos e ignorantes. Hojeando el libro recordé cómo llegó hasta mí, como otros tantos que alimentaron mi macabra imaginación de adolescente que gustaba de entrenar su propio miedo para perderlo y huir así de la niñez que aún llevaba adherida a la espalda.
Fue en el invierno de 1989 y tenía trece años. Pasaba las tardes recorriendo mi pueblo en bicicleta con un bocadillo de Nocilla que agarraba con la mano que no sujetaba el manillar y en un estado de felicidad semisalvaje que difícilmente he vuelto a recuperar más tarde; con la única obligación diaria de hacer los deberes de aquella olvidada E.G.B. y de asistir a las clases particulares de Inglés en Logroño. Los martes y los jueves cogía el autobús. Con veinte duros (60 céntimos de euro -lo aclaro para los más jóvenes u olvidadizos-) tenía suficiente para ir y volver a mi casa y aún así me sobraban 30 pesetas que empleaba en comprarme chucherías y algún cigarrillo suelto que fumaba a escondidas con una compañera de academia que se llamaba tal vez Carolina. Sí, creo que era Carolina.
Salíamos a eso de las siete y media de aquella vieja academia bajando las escaleras en la semipenumbra del portal como vaquillas en un encierro de fiestas patronales y cruzábamos el semáforo que nos separaba de la librería casi sin ver los coches que pasaban por la avenida. Entrábamos cada tarde a ver los libros. A pesar de mi juventud hacía ya tiempo que sentía una especie de fascinación por las historias escondidas entre aquellos folios incluso, como Borges, llegué a preguntarme cómo demonios no se mezclaban todas las letras al cerrar las tapas, de la misma manera que los puzzles se deshacen al guardar sus piezas en la caja. Acariciaba los lomos de los libros y los codiciaba terriblemente, pero cuando era consciente de mi sumergidísima economía decidía pactar con Carolina para que entretuviera al vendedor con las postales de felicitación de la entrada mientras yo escondía aquellos pequeños libros de tapa blanda debajo de mi jersey, sujetándolos con la goma del pantalón del chándal. En cuanto terminaba me acercaba a Carolina, quien rápidamente comprendía la señal, y salíamos a la calle a fumarnos los cigarros, comer gusanitos y leer las primeras páginas de aquellos libros que habíamos tomado prestados de la librería.
Otras veces era Carolina la que se llevaba los libros y yo quien entretenía al dependiente, pero las tardes acababan siempre llenas de chucherías infantiles, libros de terror adolescente y humo adulto. Así fuimos pasando las tardes de aquel invierno que expiraba como la década de los ochenta y como nuestra propia niñez a la sombra del lavabo de la academia o del respaldo roñoso de algún banco de la calle.
Terminamos el curso en el colegio y, por supuesto, dejamos de asistir a la academia de Inglés. Llegó entonces el verano de 1990 con su sol aguijoneando mis catorce años y con aquella ingenuidad de adolescente ocupé mis vacaciones estivales con tareas menos intelectuales. Así me dediqué a ir a la piscina, a quedarme afónica de reír y a soñar cómo sería mi nuevo curso de B.U.P. que comenzaba en Septiembre.
La sensación de estar cambiando de niña de E.G.B. a una chica de B.U.P. hizo que también cambiaran mis gustos literarios. También dejé de ir a aquella vieja academia en ese primer piso que se caía a pedazos, con aquella profesora que no dejaba de comer chicle y de hablarnos de su marido y de su hijo, con aquellos compañeros tan variopintos y divertidos con los que veía dibujos animados en inglés y también dejé de robarle libros a aquel librero que, supongo, agradeció que al siguiente curso cambiara de academia de enseñanza y perfección de idiomas.
Pasaron los días, los meses, las estaciones y los años y, sin darme cuenta, maduré un poco y hasta me costeé algunos libros, además de hacerme socia de la Biblioteca Pública de Logroño porque no siempre me era suficiente el dinero para este gasto, olvidando aquellos pésimos ejemplares de terror de la librería de aquella esquina.
Años más tarde, en un arrebato romántico de rebeldía traté de emular aquellas hazañas adolescentes e intenté secuestrar otro libro en otra parte. Pero ya nada era lo mismo, todos habíamos cambiado y las páginas llevaban incrustada la alarma que delataba a los raptores de historias como yo.
Ahora sigo coleccionando relatos que otros escriben para mí, pero ya no me dedico a esconderlos debajo de la chaqueta, hoy los cojo del estante, los hojeo durante un rato, voy al mostrador y pago pero, como si tuviera que pagar una antigua deuda, lo hago siempre en la vieja librería de aquella esquina.
Texto publicado en Una palabra en la recámara (Aula literaria de Logroño, 2004).

4 comentarios:

Labegue dijo...

Bien, bien, todo muy bien, pero..., ahora ya no fumas ¿no?

Besos!!

kasi_siempre dijo...

Qué bien escrito, Sonia... Tienes una gran virtud cuando escribes (bueno... en realidad tienes más, jajaja), y es que se te lee de tirón. Escribes claro, muy claro, muy sencillo, no te andas por las ramas, digresionas lo justo... en fin, es como estar hablando con alguien que tiene las ideas muy en orden y las expresa de un modo esquemático. Tal vez esa forma de narrar no se ajusta a la realidad que te estoy adjudicando. Puede ser... De mi propio caos interno me cuesta trabajo creer que a veces puedan salir tres frases seguidas...
Por cierto, muchas gracias por tus comentarios, que no se me olvide nunca ser agradecida.
Un besote, wpa!!

Anónimo dijo...

A mi me pasaba con la música, fui un pequeño ladronzuelo de pequeñas joyitas. Recuerdo que veraneaba en el pueblo y me iba a un colmado donde a demás vendían cintas de música y cogia alguna. Mi iaia (abuela) que hacia tiempo se había dado cuenta iba al día siguiente a pagar la cinta de música que había deslizado hacia el bolsillo del pantalón. Hoy a mis 36 compro toda la música que me interesa, pero siempre tengo aquel recuerdo de verano y se me hace un nudo en la garganta.

Besisimos
David Grau.

Justo dijo...

Soni, cada vez se me hace más corto lo que escribes!

Un beso gordo

Justo

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...