miércoles, 30 de enero de 2008

MALOS TIEMPOS - Un poema de Karmelo C. Iribarren

Ándate con cuidado.
Que no se entere nadie
de que lo pasas bien,
que tu vida funciona
y eres feliz a ratos.
Hay gente que es capaz
de cualquier cosa,
cuando ve una sonrisa.

sábado, 26 de enero de 2008

I'M LOVING ME - II

Me miré las uñas de la mano izquierda.
Estaban largas y bien cuidadas.
Las vi del derecho y del revés.
Observé las lúnulas blanquecinas
asomando bajo la piel
y se me antojaron bocas perfectas,
sonrientes y sensuales
que me miraban todas a un tiempo.
Comencé a acariciar mis dedos
como quien toca una miniatura de vidrio.
Froté las palmas una contra otra
con los dedos abiertos como suaves abanicos.
Bajé a las muñecas, a la zona azulada de venas
donde la piel se vuelve fina y clara,
a los antebrazos, a los codos, al cuello.
Acaricié del lóbulo de la oreja hasta el hombro,
solté mi pelo y metí los dedos en él.
Lo peiné rizando mechones entre el índice
y el corazón.
Lo aparté hacia un lado y toqué mi boca.
Raspé levemente mi labio inferior.
Estaba grueso y húmedo y pasé la lengua por mi dedo.
Con la otra mano sentí mis pechos
redondos y fuertes como frutas sabrosas.
Acaricié mi vientre dibujando espirales en mi ombligo.
Y bajé
y bajé
y bajé más
y más aún,
aún más abajo…
Y subí
y observé las uñas de mi mano derecha.

jueves, 24 de enero de 2008

A vosotros dos, con tan buenas intenciones
y tanta torpeza. (¡Qué lástima!).
Y a ti que, como el mejor de los magos,
me conviertes cada día en invisible.




Me canso de mirarme el vientre
como quien consulta al Oráculo
de Delfos y ver sólo un cubo vacío.
Me canso de sonreír a los caminos
que me quedan por andar
para que se allanen.
Y me canso de ver cómo las sonrisas
no convierten las piedras en guijarros
y sigue habiendo cuestas que subir sola.
Me canso de dar, de estar,
de no fallar ni un instante
dándote la compañía que, a veces,
ni siquiera demandas.
Y me canso, también,
de que no la demandes nunca
y sólo quieras favores y tiempo
que no me sobra.
Porque me siento un mustio
gajo de naranja
en tu preciado cofre de amigos de bisutería.

Me canso de estar cansada cada día,
de asomarme al rincón donde, a ratos,
te dignas a aparecer
para hablar de bobadas
con otros que nunca son yo.
Y veo cómo te marchas
mientras se va dibujando en mí una mueca
parecida a una sonrisa
que sólo podría definirse
como una auténtica y genuina
cara de gilipollas.

Así que este mensaje
ni siquiera voy a escribirlo
en la pared de ladrillos
del rincón que frecuentas
con tu altanería buenrollista
de cara a un público entregado.
Lo dejo aquí, en mi casa
que para eso es la mía.

Y, como Silvio te digo,
que esta tonta del bote
es un poco más lista en este instante
y que se larga en pijama y zapatillas
a la calle
a no volver a esperarte.

lunes, 21 de enero de 2008

Hoy he deseado que La Luna que veo llena esté llena de verdad.
Enorme y redonda como una pandereta con pecas.
Y que me colme.
La he mirado aún de día, mientras los pájaros se acostaban en los postes eléctricos que están junto a la fábrica.
Y me ha encantado seguir mirándola desde el coche, como si viniera acompañándome pegada a la ventanilla.
A veces le guiñaba un ojo y luego me he girado por si alguien me hubiera visto hacerlo.
Y he seguido con mis cosas, con un buen día a medias, con algunas sorpresas hermosas y con algún dolor amigo.
Y el dolor amigo, siempre es un dolor propio.
Y llegamos a casa, con el caos aún sobre la espalda, encendiendo pucheros, retirando trapos y con pequeños manotazos de risas, nos vamos despojando del traje de corredores de fondo y cenamos sopa caliente con los pies dentro de las zapatillas y hacemos un bizcocho de chocolate para el desayuno de mañana con la esperanza de que esta vez se nos llene del todo La Luna.

sábado, 19 de enero de 2008

Oigo la lavadora dar vueltas en la cocina mientras reviso el correo.
Estoy en ropa de casa y entra el fresco por la ventana que he dejado abierta en la habitación.

Se cuelan por ella instintos ancestrales que uno pretende racionalizar, pero el latido de mis tripas manda señales más potentes que mi cerebro.

Ayer descubrí que la conciencia pesa cuando se te sube a los hombros y te vuelve liviano cuando haces lo que tienes que hacer aunque ahora, cuando llegues a casa, vengas diciendo que nos han tratado de tontos.
Mejor para ellos.

Tengo un amigo desde hace mucho tiempo que, de haberle conocido hace cinco minutos, no hubiera perdido ni un segundo con él. Lo mejor, es que ya no me hiere con sus frases mezquinas disfrazadas de buen rollo.

Tengo miedo de la esclavitud de los bancos pero no tengo miedo de la libertad de mis sueños.

Necesito poner otra estantería para los libros y ordenar papeles.

Mi cabeza está en orden y llena de palabras dispuestas a salir cuando se les llame.

No tengo miedo al trabajo, tengo fuerza de sobra. Sólo espero que la vida me dé suficiente salud.

Tengo verdaderos amigos que se alegran conmigo, por mí y no me juzgan. Y yo les adoro.

En mi pecho sigue sonando ese tam-tam antiguo, selvático y profundo. Al final tendré que escuchar su melodía.

La lavadora ya está centrifugando, suena vertiginosa, a punto de despegar.


lunes, 14 de enero de 2008

A Ángel González


Sin demasiadas ganas
de sincerarme con el patio de luces,
ni con las butacas,
ni con los ojos brillantes
que esperan mi discurso.

No quiero sincerarme
ni con mi espejo jaspeado
de gotas secas de jabón
y pasta blanca de dentífrico
ni con la foto reciente
en la que muestro
la mejor de mis sonrisas.

Prefiero seguir viendo
dos pupilas que brillan
al par de gafas que tapan
mis ojos rojos cansados
de tanto buscar tu nombre
en los registros
del eco de las sirenas y las toses.

Sin demasiadas ganas.
Sin ninguna, añadiría.

Sin tardes que merendar,
sin ángeles ya caídos
a quien intentar, entre sueños,
parecernos
aunque sea de lejos.

Sin demasiadas ganas
de dormitar este insomnio pesado
pero tirando de la cuerda
del coraje para cuando vuelvan
las demasiadas ganas
sin su sin.

Con su son.

Show must go on.

sábado, 12 de enero de 2008

Antiguas deudas

Los traslados pueden resultar terriblemente fastidiosos: bolsas de plástico, maletas, mochilas a medio llenar y cajas de cartón a punto de romperse por debajo. Pero uno no es consciente de los tesoros que sin saberlo esconde en su casa y que el polvo de los años va ocultando entre objetos de uso cotidiano. Eso mismo me ocurrió a mí con aquellos viejos libros de terror.
Un buen día en que andaba de traslado desempolvé sin quererlo un antiguo libro que había permanecido escondido del tiempo y de mis manos nada menos que quince años. Era una edición horrible, no sólo por los esqueletos pútridos y macabros que ilustraban la portada sino porque estaba lleno de erratas y tenía una redacción tan espantosa como los sucesos que se narraban en él. Sin embargo, me sorprendí mirando sus tapas y oliendo sus hojas amarillentas como un sumiller que cata un vino añejo con su nariz experta, lejos de olfatos profanos e ignorantes. Hojeando el libro recordé cómo llegó hasta mí, como otros tantos que alimentaron mi macabra imaginación de adolescente que gustaba de entrenar su propio miedo para perderlo y huir así de la niñez que aún llevaba adherida a la espalda.
Fue en el invierno de 1989 y tenía trece años. Pasaba las tardes recorriendo mi pueblo en bicicleta con un bocadillo de Nocilla que agarraba con la mano que no sujetaba el manillar y en un estado de felicidad semisalvaje que difícilmente he vuelto a recuperar más tarde; con la única obligación diaria de hacer los deberes de aquella olvidada E.G.B. y de asistir a las clases particulares de Inglés en Logroño. Los martes y los jueves cogía el autobús. Con veinte duros (60 céntimos de euro -lo aclaro para los más jóvenes u olvidadizos-) tenía suficiente para ir y volver a mi casa y aún así me sobraban 30 pesetas que empleaba en comprarme chucherías y algún cigarrillo suelto que fumaba a escondidas con una compañera de academia que se llamaba tal vez Carolina. Sí, creo que era Carolina.
Salíamos a eso de las siete y media de aquella vieja academia bajando las escaleras en la semipenumbra del portal como vaquillas en un encierro de fiestas patronales y cruzábamos el semáforo que nos separaba de la librería casi sin ver los coches que pasaban por la avenida. Entrábamos cada tarde a ver los libros. A pesar de mi juventud hacía ya tiempo que sentía una especie de fascinación por las historias escondidas entre aquellos folios incluso, como Borges, llegué a preguntarme cómo demonios no se mezclaban todas las letras al cerrar las tapas, de la misma manera que los puzzles se deshacen al guardar sus piezas en la caja. Acariciaba los lomos de los libros y los codiciaba terriblemente, pero cuando era consciente de mi sumergidísima economía decidía pactar con Carolina para que entretuviera al vendedor con las postales de felicitación de la entrada mientras yo escondía aquellos pequeños libros de tapa blanda debajo de mi jersey, sujetándolos con la goma del pantalón del chándal. En cuanto terminaba me acercaba a Carolina, quien rápidamente comprendía la señal, y salíamos a la calle a fumarnos los cigarros, comer gusanitos y leer las primeras páginas de aquellos libros que habíamos tomado prestados de la librería.
Otras veces era Carolina la que se llevaba los libros y yo quien entretenía al dependiente, pero las tardes acababan siempre llenas de chucherías infantiles, libros de terror adolescente y humo adulto. Así fuimos pasando las tardes de aquel invierno que expiraba como la década de los ochenta y como nuestra propia niñez a la sombra del lavabo de la academia o del respaldo roñoso de algún banco de la calle.
Terminamos el curso en el colegio y, por supuesto, dejamos de asistir a la academia de Inglés. Llegó entonces el verano de 1990 con su sol aguijoneando mis catorce años y con aquella ingenuidad de adolescente ocupé mis vacaciones estivales con tareas menos intelectuales. Así me dediqué a ir a la piscina, a quedarme afónica de reír y a soñar cómo sería mi nuevo curso de B.U.P. que comenzaba en Septiembre.
La sensación de estar cambiando de niña de E.G.B. a una chica de B.U.P. hizo que también cambiaran mis gustos literarios. También dejé de ir a aquella vieja academia en ese primer piso que se caía a pedazos, con aquella profesora que no dejaba de comer chicle y de hablarnos de su marido y de su hijo, con aquellos compañeros tan variopintos y divertidos con los que veía dibujos animados en inglés y también dejé de robarle libros a aquel librero que, supongo, agradeció que al siguiente curso cambiara de academia de enseñanza y perfección de idiomas.
Pasaron los días, los meses, las estaciones y los años y, sin darme cuenta, maduré un poco y hasta me costeé algunos libros, además de hacerme socia de la Biblioteca Pública de Logroño porque no siempre me era suficiente el dinero para este gasto, olvidando aquellos pésimos ejemplares de terror de la librería de aquella esquina.
Años más tarde, en un arrebato romántico de rebeldía traté de emular aquellas hazañas adolescentes e intenté secuestrar otro libro en otra parte. Pero ya nada era lo mismo, todos habíamos cambiado y las páginas llevaban incrustada la alarma que delataba a los raptores de historias como yo.
Ahora sigo coleccionando relatos que otros escriben para mí, pero ya no me dedico a esconderlos debajo de la chaqueta, hoy los cojo del estante, los hojeo durante un rato, voy al mostrador y pago pero, como si tuviera que pagar una antigua deuda, lo hago siempre en la vieja librería de aquella esquina.
Texto publicado en Una palabra en la recámara (Aula literaria de Logroño, 2004).

miércoles, 9 de enero de 2008

Temuco

Mi padre se llama Paco por “culpa” de su tío Paco, pero muy poca gente conocía a mi tío por su nombre.
Sin embargo, si preguntabas en el pueblo por el Chileno todo el mundo sabía quién era.
Tenía una tienda grande con un mostrador que, con siete años, me llegaba a ras de flequillo. La tienda se llamaba Temuco, como la ciudad en la que vivió en Chile, aunque mi amiga Isabel creyera que era la abreviatura de “tenemos muchas cosas” porque de suelo a techo, pasando por las paredes, estaba siempre repleta de los utensilios más variopintos listos para la venta.
Tenía muñecas, chucherías, diábolos, combas, gomas para saltar, botones, hilos, cunachos de vendimia, alpargatas, cuadernos, bolígrafos, cebolletas, Dupis en vez de Donuts, la revista Nuevo Vale (la Super Pop la vendía la Berta), vasitos con refrescos, cigarros sueltos, litronas de cerveza de las que luego te devolvía el dinero del casco, pañuelos bordados, sal, azúcar, café, flashes, helados, cromos, las revistas del libro gordo de Petete, cuadernillos Rubio y Lamela y, lo mejor de todo es que podías comprar y decirle que lo apuntara, que se lo pagabas al día siguiente.
Él siempre estaba detrás del mostrador, en el lugar más próximo a la vitrina del escaparate, justo detrás de la parte en la que estaba la cámara de los helados.
Peinaba su pelo blanco hacia atrás y te miraba con sus gafas de concha negra con la elegancia, las formas y el acento de los que se impregnó en Chile y de los que nunca se libraría del todo.
Un poco más adentro de la tienda, también dentro del mostrador, tenía una televisión pequeñita ante la que siempre se sentaba mi bisabuelo Antonio a pasar la tarde.
Mi bisabuela Pepa, sin embargo, prefería sentarse en la calle a charlar con las vecinas y, cada vez que me veía pasar, le gustaba soltarse la peineta que le sujetaba el moño en una blanquísima y larga coleta estrecha para que yo la peinara mientras presumía de biznieta delante de las vecinas y yo me pusiera colorada.
No tengo recuerdo de la primera vez que vi a mi tío Paco, pero tengo el eco de las conversaciones de mis padres sobre él, sobre Chile como un lugar que estaba en el infinito o más lejos y sobre una tía y unas primas a las que aún no conocía, con nombres muy raros que nos escribían cartas en sobres con rayas rojas y azules.
La primera vez que volvió a Villamediana lo hizo con Estela y con Pili, sus dos hijas mayores. Yo no me acuerdo de nada de aquel día, pero debió de ser todo un acontecimiento del que hay fotos guardadas como oro en paño. Cuando fui creciendo veía las fotos que nos hicimos ese día y me parecía que mi padre y yo estábamos retratados con unos señores chinos.
Si vierais la foto lo entenderíais.
Siempre me llamaba “mi hijita” y no había día en que no pasara por la tienda al salir de la escuela.
Aquella manzana de casas era siempre un hormiguero de niños a las horas de salida de clase y nos juntábamos con las madres que terminaban de hacer recados en la tienda del Segis, en lo de mi tío el Chileno, en la carnicería de Moisés o que venían de comprar el pan de la panadería de los Ratoneros o de la del Chula.
Los chiquillos teníamos el extraño ritual de enturbiar la calma de la minúscula oficina de correos que estaba enfrente de la tienda de mi tío, preguntando a gritos “¿Hay carta, cartero? ¿Hay carta, cartero?” y, a veces, robábamos algún chicle Bubaloo de la furgoneta de Risi que estaba descargando siempre a la una y media donde mi tío.
Poco a poco las cosas fueron cambiando sin que nos diéramos cuenta. La pequeña oficina de correos cerró su puerta para trasladarse. Mis bisabuelos murieron casi sin hacer ruido y yo fui haciéndome mayor y dejando atrás el pueblo que había sido testigo de mi inocencia pensando que aquello siempre estaría allí para mí, que nada cambiaría.
Esta tarde hemos vuelto a pasar por la puerta de la tienda de mi tío Paco junto a él, esta vez acompañándole hacia el cementerio.
He mirado inevitablemente hacia la derecha y he cruzado la vista con un rizo del tiempo que se colaba detrás de los cristales y me hacía notar la mirada de mi tío detrás del mostrador, el murmullo de la pequeña televisión con mi bisabuelo delante, mi bisabuela sentada en el corrillo de vecinas con su vestido gris y su delantal negro y yo, muy niña, con la bata azul del colegio y el abrigo apoyado en la cabeza sólo con la capucha a modo de minisuperheroína improvisada.
Los fantasmas y yo nos hemos dado lástima mutuamente y nos hemos mantenido la mirada impasible, inevitable e intensamente entre la brumas de un pueblo que ya no lo es porque, como nosotros, desaparece irremediable engullido por una ciudad que lo devora como un tronco plagado de termitas.

sábado, 5 de enero de 2008

Zulú 9.30, Mimi Maura, Aterciopelados y Potato en Actual-08

Comenzó la noche con la formación Zulú 9.30, que hizo bailar al público de forma inevitable, con su look rasta, sus sonrisas de buen rollo, brother y una mezcla estética y musical que recordaba, en lo esencial, a artistas como Manu Chao o Muchachito Bombo Infierno.
Los ritmos oscilaban entre el reggae, la samba, lo étnico más tradicional, el son, la salsa o el hip hop con algunos toques aflamencados que arrancaban palmeos del público y mostraban una banda tremendamente versátil en el cambio de registro contagiando al público sus ganas de moverse.
Fue uno de estos grupos que parece ser de todas partes y de ninguna en particular, con un sonido cuidadamente desenfrenado y dispuesto a derribar fronteras a golpe de guitarra.
[...]
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jueves, 3 de enero de 2008

Me hacen mucha gracia los futbolistas que salen en la tele.
Estaba ahora mismo terminando de comer y escuchando a uno de esos jugadores de un super equipazo de primera, que cobra un pastizal y que, aún siendo feo como un demonio, las chiquillas le gritan guapo y que, él solito, podría acabar con los problemas de la mitad de los países tercermundistas del planeta y aún le sobraría para vivir como un marqués; pidiendo, con cara de cordero degollado, apoyo a la afición de su equipo porque ellos lo van a intentar pero que está difícil, ¿sabe usté? Parece ser que yo no me entero de cómo va esto, pero no sabía yo que era la afición la que tenía que demostrar que estaba ahí.
Fíjate tú, la afición. Cosa curiosa también. Que se gasta un pastón en entradas o en sus carnés de socios y encima tiene que estar a la altura.
¿Qué pasa? ¿Acaso los van a echar del estadio si no se apasionan? ¿Hay alguna cláusula que lo indique a la hora de ir al fútbol?
La afición siempre está a la altura simplemente por el hecho de gastarse los duros en mantener mega sueldos de empresas privadas en nombre de extraños dictados del corazón.
¡Ya me gustaría a mí tener una afición cuando voy a jugar el partido de todos los días!
No estaría mal. No señor:
llegar al trabajo a las ocho de la mañana muerta de sueño, aún de noche, y que haya unos cuantos aficionados que paguen a mi empresa para que les dejen mirar cómo me las ingenio con los clientes y, si un día meto la pata hasta el fondo por hacer el canelo, les pediré que sigan pagando para verme y que me animen mucho, que me digan guapa aunque esté despeinada, y que se traigan a Makoki si hace falta, que tienen que estar a la altura ellos, que yo puedo fallar, que soy humana. ¡Hombre por Dios!
Y que después de imprimir media docena de albaranes o de despacharme a algún cliente molesto griten (pero mucho, mucho, mucho):
GooooooOOOOooooooooooLLL!

martes, 1 de enero de 2008

Abro una página limpia.
Estreno una agenda y temo que la tinta la estropee.
Descuelgo un calendario, con una sola página, y pongo en su lugar otro mayor.
Temo que el gancho no soporte el peso de los meses.
Hagamos recuento:
¿estamos todos?
No, algunos se perdieron para siempre.
Estuvieron a punto de lograrlo pero no hubo fortuna.
Nadie se acuerda de los viejos guerrilleros que se quedaron en las vísperas de nuestro estreno.
Los marroquíes escuchan su disco de tres canciones mientras se acicalan.
Los bares ruedan sus barriles espumosos y encienden las luces.
Las televisiones suenan de fondo.
La abuela intenta descansar.
El abuelo ahuyenta a la muerte con sus cataratas abiertas de par en par.
Se aferra a una vida de la que los más jóvenes, a veces, queremos apearnos.
Los últimos petardos explotan en las papeleras.
El mar golpea cerca del malecón.
Yo canto entre las ruinas de la Roma de Fellini.
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