Voy sin esperar.
Llevo nubes y poco equipaje.
Encuentro brazos que me arropan como cojines de plumas.
Y una guitarra azul y cervezas y muñecos y un Warhol prehistórico en una casa abierta de par en par donde no paran de sonar canciones y poemas.
Y carreras por el metro, empujones, calor y una verja cerrada nos enseña en la acera de enfrente un local con libros y café y una mujer enorme a la que deberían escuchar muchos y a la que sólo escuchamos cinco.
Un privilegio que se difundirá como un enorme eco.
Y siguen las cervezas.
Y más palabras que suenan a música.
Y la dueña de la casa que sigue abierta de par en par me extiende sobre una mesa redonda un pacto con los Diablos Azules y les vendo mi alma sin pensarlo.
Y me voy a conquistar la Libertad pero esta noche está espesa y me atrapan el sueño y el bostezo pero la presencia de unos brazos enormes me reconfortan en las sombras y todo fluye.
Arrastro mis pies cansados por la noche de Madrid entre mareas de tacones, de tachuelas, de fashion victims, de borrachos, de chinos vendiendo cervezas en las puertas de los bares, de parejas de policías vigilantes y de taxistas cansados de ir y volver a un centro abarrotado.
Me traigo el sol en la maleta.
Vuelvo cargada de esperanza.
Llevo nubes y poco equipaje.
Encuentro brazos que me arropan como cojines de plumas.
Y una guitarra azul y cervezas y muñecos y un Warhol prehistórico en una casa abierta de par en par donde no paran de sonar canciones y poemas.
Y carreras por el metro, empujones, calor y una verja cerrada nos enseña en la acera de enfrente un local con libros y café y una mujer enorme a la que deberían escuchar muchos y a la que sólo escuchamos cinco.
Un privilegio que se difundirá como un enorme eco.
Y siguen las cervezas.
Y más palabras que suenan a música.
Y la dueña de la casa que sigue abierta de par en par me extiende sobre una mesa redonda un pacto con los Diablos Azules y les vendo mi alma sin pensarlo.
Y me voy a conquistar la Libertad pero esta noche está espesa y me atrapan el sueño y el bostezo pero la presencia de unos brazos enormes me reconfortan en las sombras y todo fluye.
Arrastro mis pies cansados por la noche de Madrid entre mareas de tacones, de tachuelas, de fashion victims, de borrachos, de chinos vendiendo cervezas en las puertas de los bares, de parejas de policías vigilantes y de taxistas cansados de ir y volver a un centro abarrotado.
Me traigo el sol en la maleta.
Vuelvo cargada de esperanza.








