miércoles, 25 de febrero de 2009

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es La Tierra a nuestro pesar.

Bienaventurados los mansos , porque ellos medrarán con palmaditas en la espalda agachando sus orejas gregarias.
Bienaventurados los que lloran en público, porque ellos recibirán atenciones.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque es algo que no dejarán de tener nunca.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos lavan su propia conciencia sin ayuda de jabón.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque lo tendrán tan reluciente como los misericordosos.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque nunca les faltará trabajo.

Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque no durarán mucho en la cárcel.

martes, 24 de febrero de 2009

La semana sigue agitada pero la paz intenta abrirse paso por los surcos del cuerpo a pesar de los eccemas y las llagas.
Me obsesiona el camino.
Oigo su voz llamando para que me aliste a su ejército de nómadas buscadores de respuestas.
Me guiña el ojo a través de las piedras de las casas y me susurra runas, laberintos, monigotes y patas de oca que se me tatúan sin piedad en las páginas que leo, en las banderas y en mi fe aldeana.
Me habla a través de la voz de un amigo cuando me dice que la renuncia ha sido buena y sueño cada noche con mi bastón de madera adornado con lunas a navaja buscando con cada paso el baño, el atardecer y la hoguera que algún día he de hacer - magullada y satisfecha - con todo lo innecesario a los pies del Ara Solis.

sábado, 21 de febrero de 2009


Un té con mi hermana resguardadas del viento del norte en una atalaya que ya no nos pertenece.
Hablamos de bobadas con ese sentir siamés que nos hace piña a pesar de nosotras mismas.
Una estufa eléctrica arde con leña de mentira y la camarera agradece nuestra presencia entre tanto hombre con mono de trabajo.
Protestan, se quejan, hay cierta tristeza en sus palabras gruesas.
El día termina y el bar les resguarda de la lluvia de febrero.
Entra el frío por la puerta y sorbemos nuestros vasos con las dos manos para hacernos calor.
Se hace el silencio y nos detenemos a escuchar los platos entrechocando en el fregadero y el sonido de la cafetera fabricando espuma y alivio.
Volvemos a la calle sin abrir los paraguas porque el vendaval no lo permite y absorvemos con los bajos del pantalón el agua de los charcos.
Las panaderías tienen los vidrios empañados y huele a bizcocho casero.
Ni un alma detrás de las esquinas.
Nuestros zapatos cuentan en voz alta los pasos perdidos y un sol de invierno asoma inesperado entre las tejas.

domingo, 15 de febrero de 2009

No sopor...

Hace muchos días que no escribo nada en este humilde espacio no porque no tenga nada que decir, sino porque, como muy bien dice mi amigo Vicent Camps, no siempre hace falta contar todo lo que a uno se le pasa por la cabeza y menos en un blog.
Me encanta retirarme a segundas, terceras y cuartas filas muy de tarde en tarde.
Cada vez más a menudo, esa es la verdad.
Y eso siempre hace que mucha gente piense que la dejo de lado aunque no sea así.
Soy una expansivo-solitaria si se me permite el término.
Pero no de todas partes me retiro buscando la soledad.
Hay sitios de los que salgo pitando por puritita supervivencia y cada vez que me acuerdo sólo me queda reafirmarme en lo decidido y cantar el estribillo de esta pedazo de canción.
Que una se queda muy a gusto.
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