jueves, 17 de septiembre de 2009

Campanas



Entra el otoño por una ventana que me resisto a cerrar a pesar del frío.

Así escucho mejor el campanillo menudo de la ermita y los goterones golpeando en el acero granate del balcón.

En la plaza hay verbena y en las yemas de mis dedos ampollas rosas y blandas de coger judías blancas.

De coger pochas, que eso es lo que son en esta tierra.

Pasan por la calle algunos coches con música de discoteca a toda máquina interrumpiendo la paz de la alfombra de mi salón y de mis pies con calcetines.

En el mismo instante, un par de kilómetros más allá, en el campo, P. riega los pimientos mientras le siguen dos gatos y tres ocas.

Se moja pero no le importa.

Está protegido, está dentro de sí.

H. espera en la cola del supermercado a que le cobren la leche que ha comprado para desayunar mañana y piensa en las ganas que tiene de volver a casa.

La gente está fuera y sus voces son como un murmullo gigantesco que se eleva como una nube de mosquitos, ininteligible. No importante.

A. se mira y se remira en el espejo pensando en su próximo corte de pelo. Insatisfecha y nerviosa se saca una espinilla recién nacida.

T. llega a casa del trabajo y se emociona viendo un par de fotos en blanco y negro que le he mandado esta tarde y algo muy antiguo y profundo se le remueve por dentro. Se hace un ovillo de sí mismo dentro del estómago y se atraganta de nostalgia.

R. llora rabioso en el piso de al lado a pesar de que sus padres le ponen música clásica durante toda la tarde y me hace pensar en el mito de la infancia feliz y de la memoria selectiva.

Mi gato maúlla de hambre y recorre una elipse constante desde su comedero hasta mis tobillos.

Me levanto y le echo unas bolas de comida seca que suenan como pedruscos y deja de girar.

El timbre suena y me sobresalto porque estaba tan adentro que me golpeo conmigo misma al volver al mundo de afuera, a lo que se considera real.

Es H. con la compra y el cansancio compartiendo espacio en una de las últimas bolsas de plástico del súper.

A. me llama por teléfono para preguntarme por nada y salir de sí misma aunque sea durante los cinco minutos de una conversación insustancial.

P. vuelve a casa mojado y satisfecho con su furgoneta gris y su caldero azul lleno de tomates tocando la bocina y sacando a M. de sus pensamientos mientras fríe unos trozos de pescado.

La campanita del microondas expande a T. en todo su cuerpo, como un globo de helio recién hinchado y pasa la mano por la espalda de sus hijos con una tristeza agridulce entre los dientes.

La música clásica se apaga pero R. no deja de llorar.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Ya no hay mujeres como las de antes



Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo. Especialmente, su plato favorito. Ofrécete a quitarle los zapatos. Habla en tono bajo, relajado y placentero.
Prepárate: retoca tu maquillaje, coloca una cinta en tu cabello. Hazte un poco más interesante para él. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo, y uno de tus deberes es proporcionárselo.
Durante los días más fríos deberías preparar y encender un fuego en la chimenea para que él se relaje frente a él. Después de todo, preocuparse por su comodidad te proporcionará una satisfacción personal inmensa.
Minimiza cualquier ruido. En el momento de su llegada, elimina zumbidos de lavadora o aspirador. Salúdale con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo por complacerle. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos. Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti. Intenta, en cambio, comprender su mundo de tensión y estress, y sus necesidades reales. Haz que se sienta a gusto, que repose en un sillón cómodo, o que se acueste en la recámara. Ten preparada una bebida fría o caliente para él. No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones su juicio o integridad. Recuerda que es el amo de la casa.
Anima a tu marido a poner en práctica sus aficiones e intereses y sírvele de apoyo sin ser excesivamente insistente. Si tú tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ésta, ya que los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres. Al final de la tarde, limpia la casa para que esté limpia de nuevo en la mañana. Prevé las necesidades que tendrá a la hora del desayuno. El desayuno es vital para tu marido si debe enfrentarse al mundo interior con talante positivo.
Una vez que ambos os hayáis retirado a la habitación, prepárate para la cama lo antes posible, teniendo en cuenta que, aunque la higiene femenina es de máxima importancia, tu marido no quiere esperar para ir al baño. Recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama. Si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que él esté dormido, ya que eso podría resultar chocante para un hombre a última hora de la noche. En cuanto respecta a la posibilidad de relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales: si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules la intimidad. Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Es probable que tu marido caiga entonces en un sueño profundo, así que acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial para la noche y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de té para cuando despierte.


Sacado de "Economía doméstica para bachillerato y magisterio" Sección Femenina 1958 y de aquí.
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