domingo, 8 de noviembre de 2009

Beirut, I love you de Zena El Khalil

Beirut me disparó al corazón una y otra vez. Siempre era una sorpresa. Siempre era un final y un nuevo comienzo. La mañana después de una botella de vodka. Un renacimiento. Beber agua después de comer helado. Los escalofríos que produce una canción maravillosa. El ataque de pánico después de fumar hachís. Los fantasmas en los túneles. Los miles de personas, diecisiete mil para ser exactos, que siguen oficialmente desaparecidas. Son las fosas comunes aún sin descubrir. Son las ejecuciones que vendrán a continuación. Es una operación de reconstrucción del himen. Es la adicción a la siguiente bomba. Es el pintalabios naranja. Es resguardarse bajo los emparrados. Es estar montando en bicicleta cuando deberías estar eligiendo un marido. Es

ponerse un vestido de novia y correr por las calles de Beirut. Es descubrir la religión a través del sexo. Es descubrir la música a través de la guerra. Es comer queso en lonchas con pan de pita. Es beber whisky con tres hielos, ni uno más ni uno menos.
Es llorar mientras duermes.
Es vomitar moscas negras.
Es matar mientras tienes un orgasmo.


Fragmento de Beirut, I love you de Zena El Khalil. Ediciones Siruela, 2009.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Sueños. El basilisco


Esta noche soñé con basiliscos, con sapos, con serpientes cornudas, con coches viejos, con descampados de hierbas altas y somieres de hierros herrumbrosos.

Soñé con mi antigua calle con vecinos anclados en sus sillas de esparto deshilachado marcando el territorio, tomando la fresca, vigilando los pasos de las vidas ajenas.

El monstruo viscoso venía conmigo, era más yo que lo que puedo ser yo misma.

Me daba la espalda para no matarme, para no morir.

Mis ojos eran su espejo.

Y yo lo guardaba a mi lado como una rareza del zoológico de mi propia mitología personal.

Pero le dejé escapar.

Su hedor corrupto de vapores marrones y escamosos me ahogaba.

Salió volando sapo, serpiente, basilisco buscando en vano mi mirada para hacernos eterna piedra inmóvil.

Lo vi ocultarse entre las hierbas del viejo descampado y me sentí liviana a pesar de saber que devoraría a mis vecinos.

Me alejé despacio, caminando, ahora sin culpa, ahora con ella.

Cuando me desperté me cogí en brazos y me quise.

El dinosaurio ya no estaba allí.
Fotografía: basiliscos de la cripta del castillo de Loarre (Huesca)
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