sábado, 14 de agosto de 2010



Porque hay días en los que lo insólito vence a lo cotidiano y uno no tiene otra opción que la de quedarse inmóvil observando cómo transcurren los acontecimientos a una velocidad uniformemente acelerada.

Y es sólo entonces cuando recordamos que lo que los ha desatado permanece oculto a nuestra comprensión por más café que tomemos para no dormir, por más brillo que les saquemos a los cristales de las gafas.

Creemos ser los cocheros de un carro que avanza a toda prisa bajo nuestro control y estos días nos enseñan que no somos más que el auriga de Delfos:

capiteles impasibles y atónitos con unas riendas inútiles entre las manos.

4 comentarios:

José Antonio Fernández dijo...

Eso es vivir. Llegar a sitios inesperados y desear que las riendas decidan sitios ma o menos aceptables.
un saludo.

Sonia dijo...

Eso debe de ser, José Antonio.
Gracias por pasarte por aquí.
Un abrazo

antonio alfaro sánchez dijo...

esa es mi sonia, un besazo

Sonia dijo...

Besazos también para vos, Antuán.
A ver cuando te vemos el pelo, que te echamos mucho de menos.

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