martes, 18 de enero de 2011

Haití


Muchos recordamos con claridad que el 12 de enero de 2010 Haití sufrió un terremoto de 6,9 grados en la escala Richter llevándose por delante a 300.000 personas y más de un millón de damnificados.

Muchos comprobamos con espanto que un año más tarde Haití no sólo no ha conseguido remontar aquello sino que ha multiplicado sus ya de por sí enormes problemas.

Por extraer una mínima parte positiva entre tanto caos, todo aquello pudo servir para mostrarnos en prime time el rostro del país más castigado y olvidado de América desde antes de que la tierra temblara.

Y si Haití estaba recibiendo un castigo sería porque cometió alguna culpa.

Eduardo Galeando me refrescó anoche la memoria releyendo dos de sus Espejos.

Aquí os dejo su reflejo:


LA MALDICIÓN BLANCA

Los esclavos negros de Haití propinaron tremenda paliza al ejército de Napoleón Bonaparte; y en 1804 la bandera de los libres se alzó sobre las ruinas.

Pero Haití fue, desde el pique, un país arrasado. En los altares de las plantaciones francesas de azúcar se habían inmolado tierras y brazos, y las calamidades de la guerra habían exterminado a la tercera parte de la población.

El nacimiento de la independencia y la muerte de la esclavitud, hazañas negras, fueron humillaciones imperdonables para los blancos dueños del mundo.

Dieciocho generales de Napoleón habían sido enterrados en la isla rebelde. La nueva nación, parida en sangre, nació condenada al bloqueo y a la soledad: nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

Por haber sido infiel al amo colonial, Haití fue obligada a pagar a Francia una indemnización gigantesca. Esa expiación del pecado de la dignidad, que estuvo pagando durante cerca de un siglo y medio, fue el precio que Francia le impuso para su reconocimiento diplomático.

Nadie más la reconoció. Tampoco la Gran Colombia de Simón Bolívar, aunque él le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Después, cuando Bolívar triunfó en su guerra de independencia, se negó a invitar a Haití al congreso de las nuevas naciones americanas.

Haití siguió siendo la leprosa de las Américas.

Thomas Jefferson había advertido, desde el principio, que había que confinar la peste en esa isla, porque de allí provenía el mal ejemplo.

La peste, el mal ejemplo: desobediencia, caos, violencia. En Carolina del Sur, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la fiebre antiesclavista que amenazaba a todas las Américas. En Brasil, esa fiebre se llamaba haitianismo.

MUCHAS VECES MURIÓ LA ESCLAVITUD

Consulte cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país que abolió la esclavitud. La enciclopedia responderá: Inglaterra.

Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio británico, campeón mundial del tráfico negrero, cuando haciendo números advirtió que ya no era tan rentable la venta de carne humana. Pero Londres descubrió que la esclavitud era mala en 1807, y tan poco convincente resultó la noticia, que treinta años después tuvo que repetirla dos veces.

También es verdad que la revolución francesa había liberado a los esclavos de las colonias, pero el decreto libertador, que se llamó inmortal, murió poco después, asesinado por Napoleón Bonaparte.

El primer país libre, de veras libre, fue Haití. Abolió la esclavitud tres años antes que Inglaterra, en una noche iluminada por el sol de las hogueras, mientras celebraba su recién ganada independencia y recuperaba su olvidado nombre indígena.


Textos extraídos del libro Espejos, una historia casi universal de Eduardo Galeano (Siglo XXI Editores)
Pintura Hungry de Jean Fontecchio Perley sacada de aquí

2 comentarios:

arguellesacero dijo...

Aparte de lo erudito de Galeando, pienso que Haiti lo que menos necesita es recordarse como protectorado y avanzar ¿Cómo? Eliminando dictaduras, tráfico ilegal y correpción.
Las OND's crecen como si un cáncer se hubiera vuelto metástasis.
A ver si de una vez no leo lloriqueos pero sí propuestas.

Gracias por permitirme comentar.
Un saludo.

Sonia San Román dijo...

Totalmente de acuerdo pero, mientras eso no ocurra, soy de la opinión de que mejores son los lloriqueos que el silencio.
Gracias a ti por pasarte por aquí y por opinar.
Estás en tu casa.

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