lunes, 7 de noviembre de 2011

Sala de espera



El trajín del hospital es como el traqueteo de un tren que se acerca por el andén contrario.
Todo me es ajeno mientras me sumerjo en mi burbuja amniótica y somnolienta que se sujeta un algodón manchado de sangre y de glucosa.
Y los ojos.
Es difícil saber en qué lugar está el límite en el que uno se deja poseer por la tristeza. Cruzado el umbral, la mirada y los rasgos se hunden conectándose con un cráneo demasiado evidente.
La muerte debajo de la angustia. El hueso debajo de la vida.
La espera obligatoria tensa los músculos.
Las enfermeras sonríen como ángeles que aún no han caído.
El aire huele a comida indefinida, industrial. Por mi estómago oprimido se desliza un almíbar naranja.
El niño está quieto.
Parece flotar de puntillas entre el vibrar de fondo.
Estamos solos.

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