sábado, 11 de junio de 2016

Historias ajenas

Debo de ser una especie de depósito de anécdotas ajenas. Mi mala memoria para los datos concretos me obliga a dejar constancia de cada una por escrito porque entiendo que, si esa historia me ha llegado, es de justicia que haga algo con ella.
Decía Elías Canetti que él se inclinaba ante el recuerdo de cada ser humano y que no ocultaba la aversión que sentía ante los que se tomaban la libertad de intervenir quirúrgicamente en los recuerdos hasta que terminaban por parecerse a los recuerdos de los demás.
Yo que soy de secano y de interior, cuando viajo a la costa -a cualquier costa- siempre fijo mi atención en aquello que, por evidente, menos se ve:
los trabajadores del mar y los de la hostelería.
Esta semana hemos convivido en un mismo núcleo catalanes, riojanos, franceses y rusos (o del Este aunque Monika Zgustova me daría una colleja por la generalización).
Hoy hemos comido en un restaurante encantador en primera línea de playa dedicado al pescado y regentado por Búlgaros.
Por su apariencia y conversaciones, hemos deducido que los jefes eran dos hombres morenos y fornidos.
Entre los camareros, varios jóvenes de su misma nacionalidad y un hombre mayor de ojos azules, piel blanca y rasgos y acento eslavos muy marcados.
Nos han atendido entre todos pero el hombre mayor ha sido especialmente amable con nosotros, sobre todo con mi hijo, que llevaba un cocodrilo de juguete y no perdía ocasión para hacerle una observación divertida.
Nos ha servido toda la comida mientras en la mesa de al lado hablaban en búlgaro o en ruso tal vez, los dos jefes.
Por sus gestos, o bien tenían interés en nosotros (cosa que dudo), o en saber si entendíamos o no lo que decían.
Evidentemente no entendíamos ni una palabra, hemos seguido a lo nuestro y hemos pedido la cuenta.
Nos la ha traído el camarero mayor de rasgos eslavos, ha dejado sobre la mesa el plato con el tique y ha mostrado a nuestro hijo sus dos puños cerrados obligándolo a elegir uno.
El niño ha escogido el de la izquierda: escondía un chupachups de sandía con un chicle dentro y el dibujo de un vampiro. El hombre nos parecía un vampiro. De hecho, nos daba la ternura de un vampiro triste.
También nos ha mostrado la mano derecha. En ella llevaba el corcho de una botella de vino. Se lo ha puesto en la boca al cocodrilo de plástico y ha tocado la cabeza al niño fingiendo el sonido de un muñeco de goma al ser aplastado.
Luego ha vuelto a acariciarle el pelo y hemos visto brotar, literalmente, la tristeza.
Y, en voz muy baja, ha empezado a contar. Los autobuses y las motos tapaban su voz pero estábamos atentos a su historia: su hijo nunca había tocado el dinero que él dejaba siempre en la mesa de su mujer en su casa de Bulgaria. Una vez cogió una moneda y lo dejó escrito. En el año 95, según nos ha contado, hubo un crack en la economía de su país. Las estanterías de los supermercados estaban vacías, no había dinero en los bancos, el país se paralizó. En una noche, lo que valía un Lev pasó a valer 3.000. Aquellos que tenían una pequeña huerta o animales se alimentaban. El resto ni siquiera podía comer. Decidió no llevar dinero al banco pero vivía con miedo de dejarlo en casa. Un día su hijo cogió su chaqueta y dijo que no podía con ella, que pesaba mucho. Todo lo que tenía -60.000 levs en fajos- lo llevaba puesto a diario oculto en ella.
En el restaurante, o la mesa de los jefes se había llenado o el número de jefes aumentó. Todos morenos y con cadenas de oro.
Dejamos una buena propina para aquel hombre y nos fuimos dando las gracias de forma ostentosa, demasiado alto. Queríamos que quedara claro que la propina era para el vampiro triste y para nadie más.
En ningún momento nos atrevimos a preguntarle por su hijo.
La propina la recogió otro camarero porque él repartía con gesto humilde, casi servil, unas generosas raciones de arroz negro en la mesa de los jefes.

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