miércoles, 29 de junio de 2016

Hasta pronto, Sagasta









Hoy he ido a decirle hasta pronto al Sagasta con mi padre, antiguo alumno de una época en la que había que formar ante el jefe de estudios en el patio, el profesor de gimnasia daba la clase con un puro en la boca y el edificio se desdoblaba en una parte femenina y otra masculina. El Sagasta no era un instituto: era el Instituto. Hoy nos contaba otra antigua alumna, compañera de mi padre, que de la misma forma que la gente se santigua al salir de casa o al entrar en una iglesia, ella lo hacía cada vez que pasaba por la Glorieta del Doctor Zubía porque sentía un respeto casi místico por todo lo que había significado el Instituto en su vida. 
Inaugurado por Espartero hace más de cien años, germen de la actual Universidad de La Rioja, residencia real, plató de cine, Trinity College de provincias, el Sagasta ha sido el lugar de formación de numerosas generaciones de riojanos y hoy ha cerrado por reformas. Esperemos que duren poco y lo dejen guapo. #HastaProntoSagasta

jueves, 23 de junio de 2016

San Juan



Si digo San Juan, a la memoria me llegan una iglesia pequeña; un río con su nombre; mi abuela lavando en él con tabla y jabón de panal; una fuente; un agua que mudaba la piel; rumores de un santo robado; cenizas de un santo quemado; el brillo de un santo nuevo; una salve en latín riojanizado; una aldea con raíces más allá de mi memoria; los cuentos de mi abuelo; campanas; una fiesta; raya en medio; trenzas en el pelo; un trajecito azul; rosas; yerbabuena; pacharán; zurracapote; una subasta; un pórtico; perros tumbados; un cielo de tormenta; moscas; entremeses tapados con servilletas; puertas y ventanas enramadas; pipas de girasol; banderillas; una brisa que soplaría todo el verano; una infancia que no quiero manchar.
Si un día tuve un dios fue ese.

Imagen extraída de aquí

Lo normal


Siempre me ha preocupado el concepto de normalidad. No he tenido muy clara cuál era esa supuesta norma a la que había que ajustarse para formar parte del estándar y no excederse ni por arriba ni por abajo. Tampoco he tenido nunca claro si lo normal era el justo medio o lo mediocre. Y, como no sabía si esto era una rareza mía, me dio durante una temporada por recopilar aquellos textos donde se tratara el tema.
Los comparto por aquí:

Ellos se ríen de mí porque soy diferente. Yo me río de ellos porque son todos iguales. Kurt Cobain

De cerca nadie es normal. Caetano Veloso

¿Cómo podrías ser feliz estando con alguien que insiste en tratarte como a un ser humano normal? Oscar Wilde

De hecho a la sociedad (o sea a la clase que domina) le interesa que haya raros muy raros, para demostrar que todos los demás son normales. Cuando en realidad, todo es raro, absurdo, irracional. La sociedad entera, tal como funciona es rara, monstruosa...Esos...Van bien para entretener al público y no dejar que aparezca el problema gordo que es el problema de toda la sociedad. Pau Malvido en 'Nosotros los malditos'.

Muchos de ellos son normales porque se han ajustado muy bien a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido acallada a una edad tan temprana de sus vidas que ya ni siquiera luchan, padecen o tienen síntomas, en contraste con lo que al neurótico le sucede. Son normales no en lo que podría llamarse el sentido absoluto de la palabra, sino únicamente en relación con una sociedad profundamente anormal. Su perfecta adaptación a esa sociedad anormal es una medida de la enfermedad mental que padecen. Estos millones de personas anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados, todavía acarician 'la ilusión de la individualidad' pero, de hecho, han quedado en gran medida desindividualizados. Aldoux Huxley en 'Nueva visita a un mundo feliz'

Ahora que el mundo es raro la gente toma Prozac para hacerlo normal. Damon Albarn

Normal. (Del lat. normalis). 1. adj. Dicho de una cosa: que se halla en su estado natural 2. adj. Que sirve de norma o regla 3. adj. Dicho de una cosa: que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. DRAE

Je ne fait pourtant de tort à personne/en suivant le chemins qui n'mènent pas à Rome. Georges Brassens en 'La mauvaise réputation'

La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá. Charly García

El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad. José Ingenieros en 'El hombre mediocre'

Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente. Herman Hesse en 'El lobo estepario'.

[Imagen extraída de aquí].

sábado, 11 de junio de 2016

Historias ajenas

Debo de ser una especie de depósito de anécdotas ajenas. Mi mala memoria para los datos concretos me obliga a dejar constancia de cada una por escrito porque entiendo que, si esa historia me ha llegado, es de justicia que haga algo con ella.
Decía Elías Canetti que él se inclinaba ante el recuerdo de cada ser humano y que no ocultaba la aversión que sentía ante los que se tomaban la libertad de intervenir quirúrgicamente en los recuerdos hasta que terminaban por parecerse a los recuerdos de los demás.
Yo que soy de secano y de interior, cuando viajo a la costa -a cualquier costa- siempre fijo mi atención en aquello que, por evidente, menos se ve:
los trabajadores del mar y los de la hostelería.
Esta semana hemos convivido en un mismo núcleo catalanes, riojanos, franceses y rusos (o del Este aunque Monika Zgustova me daría una colleja por la generalización).
Hoy hemos comido en un restaurante encantador en primera línea de playa dedicado al pescado y regentado por Búlgaros.
Por su apariencia y conversaciones, hemos deducido que los jefes eran dos hombres morenos y fornidos.
Entre los camareros, varios jóvenes de su misma nacionalidad y un hombre mayor de ojos azules, piel blanca y rasgos y acento eslavos muy marcados.
Nos han atendido entre todos pero el hombre mayor ha sido especialmente amable con nosotros, sobre todo con mi hijo, que llevaba un cocodrilo de juguete y no perdía ocasión para hacerle una observación divertida.
Nos ha servido toda la comida mientras en la mesa de al lado hablaban en búlgaro o en ruso tal vez, los dos jefes.
Por sus gestos, o bien tenían interés en nosotros (cosa que dudo), o en saber si entendíamos o no lo que decían.
Evidentemente no entendíamos ni una palabra, hemos seguido a lo nuestro y hemos pedido la cuenta.
Nos la ha traído el camarero mayor de rasgos eslavos, ha dejado sobre la mesa el plato con el tique y ha mostrado a nuestro hijo sus dos puños cerrados obligándolo a elegir uno.
El niño ha escogido el de la izquierda: escondía un chupachups de sandía con un chicle dentro y el dibujo de un vampiro. El hombre nos parecía un vampiro. De hecho, nos daba la ternura de un vampiro triste.
También nos ha mostrado la mano derecha. En ella llevaba el corcho de una botella de vino. Se lo ha puesto en la boca al cocodrilo de plástico y ha tocado la cabeza al niño fingiendo el sonido de un muñeco de goma al ser aplastado.
Luego ha vuelto a acariciarle el pelo y hemos visto brotar, literalmente, la tristeza.
Y, en voz muy baja, ha empezado a contar. Los autobuses y las motos tapaban su voz pero estábamos atentos a su historia: su hijo nunca había tocado el dinero que él dejaba siempre en la mesa de su mujer en su casa de Bulgaria. Una vez cogió una moneda y lo dejó escrito. En el año 95, según nos ha contado, hubo un crack en la economía de su país. Las estanterías de los supermercados estaban vacías, no había dinero en los bancos, el país se paralizó. En una noche, lo que valía un Lev pasó a valer 3.000. Aquellos que tenían una pequeña huerta o animales se alimentaban. El resto ni siquiera podía comer. Decidió no llevar dinero al banco pero vivía con miedo de dejarlo en casa. Un día su hijo cogió su chaqueta y dijo que no podía con ella, que pesaba mucho. Todo lo que tenía -60.000 levs en fajos- lo llevaba puesto a diario oculto en ella.
En el restaurante, o la mesa de los jefes se había llenado o el número de jefes aumentó. Todos morenos y con cadenas de oro.
Dejamos una buena propina para aquel hombre y nos fuimos dando las gracias de forma ostentosa, demasiado alto. Queríamos que quedara claro que la propina era para el vampiro triste y para nadie más.
En ningún momento nos atrevimos a preguntarle por su hijo.
La propina la recogió otro camarero porque él repartía con gesto humilde, casi servil, unas generosas raciones de arroz negro en la mesa de los jefes.
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